
Todos los días, la madrastra de Blancanieves, la reina, le preguntaba a su espejo mágico quién era la más hermosa del reino y éste le respondía que ella. Pero un día cuando Blancanieves ya se había convertido en una bella jovencita, el espejo señaló a la muchacha como la más agraciada. Cegada por la envidia, la malvada reina mandó a un cazador a matar a Blancanieves. Sin embargo, el hombre no pudo resistirse a los encantos de la jovencita y le perdonó la vida.
Al enterarse de tal deslealtad, la soberana decidió encargarse ella misma del asunto y, después de varios intentos (mediante una cinta de seda, un peine envenenado y finalmente una manzana también envenenada), logró sumir a Blancanieves en un profundo sueño del cual pudo despertar cuando un príncipe de otro reino se la llevó consigo.






























