
Se trata de cadáveres que, por algún motivo (natural o artificial), se han preservado sin descomponerse en su totalidad. Las más recordadas son las momias egipcias ya que esta civilización fue la primera en la Antigüedad en creer en la inmortalidad del alma y en la preservación del cuerpo en esta vida, como requisito para pasar a la otra sin mayores inconvenientes.
La leyenda de la momia como muerto vivo o no muerto se basa en la certeza de que ciertas tumbas de faraones egipcios tenían una maldición, que se desataba cuando los arqueólogos o aventureros, por curiosidad o para apderarse de sus riquezas, las profanaban.
Es así como lentamente se despertaba ese cadáver semi vendado de un letargo de cientos de siglos para vengarse y dar muerte a quienes habían osado interrumpir su descanso.
En general, las momias no hablan, sólo emiten gruñidos incomprensibles que transmiten su angustia, desconcierto, dolor e ira. Caminan con dificultad, casi arrastrándose, y destilan un olor nauseabundo mientras deambulan en busca de sus presas.






























