
Cuenta el folclore japonés que la ira de quienes han muerto de hambre o de otras muertes terribles, como la tortura o la guerra, puede materializarse en las noches de luna nueva y formar un esqueleto de dimensión gigantesca con sus huesos. Estas monstruosas criaturas esqueléticas pueden llegar a tener un tamaño hasta quince veces mayor que el del esqueleto de una persona normal.
Impulsados por su cólera y sed de venganza, los gashadokuros pasean por los poblados en busca de víctimas para saciar su sangrienta furia y atacan decapitándolas de una sola mordida letal.
Como no existe manera de combatirlos, lo único que se puede hacer ante estos seres es huir. Para esto, los lugareños colocan unas camapanillas especiales en las rocas más grandes de la entrada al pueblo que ni siquiera el viento puede mover, sólo las vibraciones que emiten estos fantasmagóricos seres al pasar las hacen repiquetear.














































































